Estaba en el colectivo, el 132, con la mochila pesadísima entre las piernas, en el piso, llena de libros, apuntes y escritos. Estaba en el 132 y pensaba que no podía dejar de pensar ni por un segundo en la mochila pesadísima ubicada en el piso, entre mis piernas, y en sus contenidos. Pensaba que no debía dejar de pensar, ni por un segundo, en ella porque sería víctima de un robo en aquel 132 lleno de gente que sale de su trabajo en el centro y se va a Miserere a tomar el tren para llegar a la casa o, tal vez, sigue para Caballito y lo toma ahí o más tarde en Liniers o, como yo, va a la facultad. Por un instante, olvidé que no debía dejar de pensar y sentí un tirón en la pierna. Era un calambre, bien, bien. No vaya a ser que me roben la mochila llena de libros, apuntes y escritos. Estaba en el 132, con la mochila entre las piernas -la derecha acalambrada, eléctrica- y una idea en la cabeza: proteger la mochila. Proteger a aquella mochila en particular sería el equivalente a proteger mi laburo, mi capital simbólico y mi futuro académico. Pensé en mi billetera vacía, nada había que resguardar en lo que respecta a mi economía personal, pero llevaba esa foto en una de las solapas. Si ella veía que no la tenía... ¡Zás! Adiós, relación de cuatro años. Estaba en el 132, con la mochila entre las piernas, la mágica portadora de mi vida académica, laboral, cultural y amorosa, con una única idea en mi cabeza: nadie debe tocar esta mochila. Nadie debe alterar mi vida. Nadie tiene derecho a llevarse esto, por lo que tanto luché. ¿O acaso el pibe de al lado, que mira nerviosamente por la ventanilla cada vez que el colectivo frena, estuvo tres meses intentando conseguir una miserable salida al cine con Lucía? No, señor, me la gané. Si me roba la foto, me la arrebata. Pelee como hombre, no se meta con mi mochila.
* * *
Amenazo, amenazo, lo hago hace tiempo. Le digo que un día voy a subirme al colectivo y la voy a llamar desde la puerta de la casa (sé la altura, no el piso) y me va a tener que abrir y voy a conocer a su gato. Me voy a tomar 3 antihistamínicos primero, pero no, no lo voy a hacer. Quiero decir que no voy a ir. Los antihistamínicos los tomo igual. Sos alérgico a mí, me dice triste. Le digo que soy alérgico a todo lo que me hace bien. Sonríe. Si lo hago, si voy, me pasa de todo en el bondi. El problema es que es un bondi nuevo. No me jode la zona, el barrio, el recorrido. Si un día de semana me mandé de prepo a las tres de la mañana para José C. Paz, esto no puede ser peor, no hay chance. Es el hecho de esperar en una esquina en la que nunca esperé, subir a un colectivo de colores desconocidos y decir unoveinticinco y esperar que sea como todos los colectivos. Mirá si, por equivocación, me subo a un diferencial (¿tendrá línea diferencial?). Mirá si intento usar la tarjeta electrónica y justo ese no tiene y el loco, el colectivero, me mira como diciendo pebete, ¿vos pensabas usar eso acá? Monedas, pibe, monedas. Después me tengo que bancar el viaje que, al menos en este caso, es tranqui porque sigue casi por la misma calle y sé a qué altura bajarme, más o menos. Pero voy a mirar mucho por la ventana y la gente va a saber que nunca lo tomé y me voy a bajar y voy a prenderme un pucho como si supiera dónde estoy parado pero no lo sé, ¿cómo saberlo? Si es la primera vez que voy. Pero no quiero que se me disculpe por ser la primera vez, no quiero que sepan que es la primera vez. Quiero ser un camaleón y que no pase nada fuera de lo normal (o, más bien, fuera de lo anormal porque lo normal no existe en mi existencia) hasta llegar a aquella puerta y pegarle un llamado. Que atienda de una, copate, reírme al escuchar su voz y decir esteee... adiviná dónde estoy y, acto seguido, pedirle perdón. Una y otra vez perdón y pensar que capaz debería haberme vestido mejor para conocer a la abuela. O vestirme más como adulto y decir que me llamo Roberto. Algún nombre imponente. O ir así nomás y esperar que no sea de esas que hacen preguntas. Pensar que ya no tengo piercings, solo tatuajes que no se ven. Pensar que no tengo que mentir, no demasiado. ¿Tengo 25 años? O sea, los tengo, sí, pero ¿está bien tenerlos? ¿Debería ser más grande? Tampoco es que hay tanta diferencia, pero capaz no está bien que su nieta tenga un amigo de 25. Creo que no está bien que su nieta tenga novio y amigos. Capaz se explica si digo que soy un compañero de la facu (en algún momento lo fui). Sería una mentira, si no blanca, al menos gris.
Anoto todo esto porque es un impulso ir y pienso que, capaz, si lo escribo se me van las ganas de ir y hacerlo. Pero creo que voy a seguir teniendo ganas. Le tiré la onda, medio en serio, medio en chiste, como suelen ser varias cosas que digo y que no sé si quiero decir. Aunque las quiero decir, pero quiero que me respondan sin tener que preguntar nada. Leeme la cabeza y decime que sí, dejame sin entender porque estoy harto de saber todo, de tener todo esto en la cabeza. Harto de que me cuentes que le estás acariciando la pancita a tu gato. ¿Y yo? Yo también quiero cariño. No hablás de él, no, pero seguro que le rascás la espalda y dejás que duerma con vos. No, ya no estamos hablando del gato. Le tiré la onda de ir, visitarla, y le cambié de tema. Si no hace mención a eso, si no me dice no vengas puedo excusarme con aquel conocido el que avisa no traiciona y mandarme. Pero si dice algo, lo que sea, me voy a acobardar y no lo voy a hacer. O capaz me animo y me subo al bondi y me siento estúpido -más que pebete, un salame, diría el colectivero- y le mando un mensaje de texto antes de llegar, diciéndole que estoy en el bondi y entonces nunca le llega (porque ha pasado, la telefonía celular no es confiable) o le llega y no le cae bien o justo no está en la casa y entonces llego y me siento en la puerta (si es que hay un escaloncito o algo para sentarse) y espero y espero y espero hasta que veo que viene a lo lejos con una bolsa por algo que tuvo que salir a comprar y me ve y yo tiro el pucho en la vereda, me levanto para pisarlo (carajo, yo apunté a la calle, al asfalto, al charquito del desagüe) y me tropiezo y me mira sin entender qué hago ahí y yo le doy una flor, no un ramo porque es muy cursi y en realidad tampoco pensaba llevarle una flor porque son contadas las veces que regalé flores en mi vida y tal vez lo haría si supiera cuál es su favorita y en otra situación en la que no parezca que la flor pide perdón por mí. No pensaba llevarle una flor, pero la chica de la esquina las vendía y me preguntó la hora y entonces le hablé y me terminó convenciendo de que le compre una flor a mi abuela (le dije que la iba a visitar, entré al barrio nuevo y ya empecé a mentir). Yo me tropiezo mientras intento apagar el pucho y ella ve aquella flor solitaria en mi mano izquierda y me mira aún sin entender y pregunta por qué tengo una flor. No qué hago ahí, acá. La flor es más importante, la flor domina la conversación, la imagen, la pantalla y la página manchada. La flor lo es todo. Es mucho más raro que haya una flor a que haya un yo, un no-Roberto. De última, di un pseudo aviso que no quiso ser aviso sino un bueno, yo te lo dije antes, che, si no me prestaste atención..., una excusa. Pero de la flor no hubo aviso ni excusa ni mención ni se notaba en mi sonrisa del otro día que iba a tener ganas de hacerlo en el futuro cercano porque venía preguntando hace tiempo si podía conocer su casa y a su gato. Hace tiempo que hablamos de ir al cine, a librerías, a caminar y tomar unos mates en la plaza. Hace tiempo que ladramos sin mordernos porque ella ya tiene a uno con correa. No hablamos del gato, no.
Me mira y pregunta si ese es el regalo para ella y recuerdo que tenía algo esperándola en casa y se lo dije para que se enoje. Le dije que había visto algo y pensé en ella y lo compré y no le iba a decir qué es, iba a tener que esperar y listo. Se lo dije para que viniera a mi casa, para que me invitara a la suya, para que no falte tanto para vernos de nuevo. Me río y le digo que no, que es una flor, nada más. ¿Para mí? Creo que sí. Sí, es para vos, sí. Claro que es para vos. O sea, no era para nadie, no fue pensada -por mí- para vos, pero capaz alguien pensó que era para vos porque efectivamente la estás recibiendo vos y yo no se la daría a nadie más. No es que no es para vos porque se la quiero dar a otra. ¿Esta flor? ¿Para vos? ¡JA! Ya quisieras. No, no es así. Es que yo decidí que, si tiene que ser para alguien, es tuya, pero nunca pensé que iba a ser para nadie o siquiera que iba a ser. Pero ya que es y ya que es mía, yo quiero que sea tuya.
Y llueve. Me olvidé de esa parte, claro que llueve. Empezó apenas me bajé del colectivo, mientras recorría calles extrañas y oscuras. Así que no entiendo por qué quise apagar el pucho con la suela de mi zapatilla derecha, porque no hacía falta apagarlo, se mojó cuando tocó el piso, se ahogó. Cuento esto porque ahora vos me decís Llueve, pasá, como si no fueras a dejarme entrar si no estuviese lloviendo, así que creo que es importante decir que llueve. No esperás mi respuesta y yo no pensaba darla. Sí, paso porque llueve, pero iba a querer pasar aunque no lloviera, aunque no pudiera. Paso porque dejás que pase, porque llueve, porque ya no amenazo.
Tenemos mucho de que hablar, pero lo primero que sale de mi boca es la descripción de aquel joven en el colectivo, el 132, con esa mochila -se veía pesada- entre las piernas y una mirada, de esas que matan, dirigida a cualquiera que se atreviera a tocarla, a mirarla. Hablo de la mochila, claro. Su gato me lame el codo, ella mira por la ventana y anuncia que dejó de llover. Es cierto, no llueve más.
Pero ya me dejó entrar.