17 de febrero de 2012

El aparato social dice que se dice acá y ahora, de la única manera en que se puede decir todo lo que se dice.


"Es la primera vez que me pasa", suele decirse a modo de excusa frente a un accidente, un error, una cagada. Como si esa frase explicara todo, a la vez que implora el perdón del otro. Disculpame, pero no entiendo cómo a una mina le puede caer bien que se te pare con todas menos con ella. "Es la primera vez que me pasa...", decís. Te falta agregar un fatídico y cortamambo "... y me pasó con vos". Mejor sería decirle que te pasa todo el tiempo. Cuando no vuelva a pasar (crucemos los dedos), ella se va a sentir especial.

"Le pasaba siempre, eh, con todas, hasta con la modelo esa -bah, el gato que se hacía llamar modelo- y conmigo no", le cuenta a sus amigas, orgullosa porque te arregló. No te digo que mientas, solo quiero que notes tu error. Es mejor explicarle que tuviste un mal día y pedirle que te abrace. Eso deberías hacer.

A veces, sirve hablar en otro idioma si hay algo que no podés decir. Te cuesta pronunciarlo, pero el velo del inglés te cubre. Hablar en la oscuridad relaja, no se ven tus gestos, tu cara de perro mojado, tu frustración. Le podés pedir en francés que te abrace porque extrañás a tu perrito de cuando tenías ocho años. No sé cómo se dirá en francés, pero debe sonar lindo. No lo hagas en alemán, te lo pido por favor.

Podés escribir también. Tenés más tiempo para pensar, reordenar estructuras gramaticales y arreglar aquel lapsus que ella interpretaría como acto fallido, gracias a la espontánea oralidad. Mirá si piensa que la estás llamando perra y vos, vulnerable e indefenso, llorabas por el viejo saco de pulgas, que en paz descanse.

Otra opción es hacerle escuchar una canción y que la música hable por vos. O mostrarle una película y, en una escena específica que ya te sabés de memoria, tomarle la mano y decirle que justo esa parte la querías volver a ver. Así, con ella cerca. Si no lo podés poner en palabras, el arte ajeno entiende tus complejos. No está mal, cada tanto, usar las imágenes creadas por otro.

Si llegás a escribir algo propio, puede que te dé vergüenza compartirlo. Volvemos a la voz ajena. Saltá con red si tenés miedo, pero saltá. Movete. Escribí tus pensamientos y pedile a un personaje que grite todo lo que no podés susurrar. Creá a tu propio Cyrano e invitalo a tomar una birra para celebrar el proceso comunicativo exitoso. O un Fernet, que es digestivo y calma las mariposas en el estómago.

Todos tenemos múltiples voces. Aunque algunas elijan quedarse calladas y otras se encuentren tristemente amordazadas, existen. No está mal tantear terreno leyéndole algo y, después de estudiar su reacción, decirle que el autor sos vos y tu inspiración fue ella. Si te conoce, se va a dar cuenta antes de que lo confieses. Si es que quiere saber. Algunos son maestros en el arte de hacerse los boludos; hasta podrían dar cátedra a los ejecutivos del Gobierno de la Ciudad. Sin embargo, si quiere saber, lo va a entender.

Podés ocultarte detrás de una voz femenina, si sos hombre, y no ser demasiado autobiográfico. Podés esconder tu mensaje abstracto en un texto que dice todo lo contrario. Si es viva y están en la misma vibra, si la química ayuda y el Universo está de tu lado, se va a dar cuenta igual. Podrías escribir como hombre, siendo mujer, y hablar de lo feo que es escuchar esas palabras.

Es la primera vez que me pasa... Pero vos querías hablarle de la excepción positiva.

Vos, vos que sos de los que quieren controlar todo y viven insatisfechos, pero con ella no te pasa porque, aun sin planes, nada puede salir mal, nada; si es con ella, la aventura, el riesgo y todo aquello a lo que no estás acostumbrado es simplemente genial. Vos querías decirle que, aunque sos joven y queda mucho por experimentar, por descubrir, sabés que no necesitás seguir buscando. No imaginás a nadie que te pueda complementar como ella -no digas completar, jamás, cada uno es su propia historia- y tampoco querrías imaginarla por que no sería suficiente. ¿Cómo podría? Una ilusión nunca es suficiente.

Me voy por las ramas, perdoname. Si querés, podés contarle todo esto y -como dije antes, después de analizar su reacción- decirle que ella es fantástica y real.

Y que es la primera vez que te pasa.

20 de diciembre de 2011

El aparato social te canta un tema de New Order (versionado por Frente!)

13 de diciembre de 2011

El aparato social manda un cuento a un concurso (y no gana nada, claramente; ni siquiera le gusta cuando lo termina, por eso le pone 'Disconforme' de título)

Estaba en el colectivo, el 132, con la mochila pesadísima entre las piernas, en el piso, llena de libros, apuntes y escritos. Estaba en el 132 y pensaba que no podía dejar de pensar ni por un segundo en la mochila pesadísima ubicada en el piso, entre mis piernas, y en sus contenidos. Pensaba que no debía dejar de pensar, ni por un segundo, en ella porque sería víctima de un robo en aquel 132 lleno de gente que sale de su trabajo en el centro y se va a Miserere a tomar el tren para llegar a la casa o, tal vez, sigue para Caballito y lo toma ahí o más tarde en Liniers o, como yo, va a la facultad. Por un instante, olvidé que no debía dejar de pensar y sentí un tirón en la pierna. Era un calambre, bien, bien. No vaya a ser que me roben la mochila llena de libros, apuntes y escritos. Estaba en el 132, con la mochila entre las piernas -la derecha acalambrada, eléctrica- y una idea en la cabeza: proteger la mochila. Proteger a aquella mochila en particular sería el equivalente a proteger mi laburo, mi capital simbólico y mi futuro académico. Pensé en mi billetera vacía, nada había que resguardar en lo que respecta a mi economía personal, pero llevaba esa foto en una de las solapas. Si ella veía que no la tenía... ¡Zás! Adiós, relación de cuatro años. Estaba en el 132, con la mochila entre las piernas, la mágica portadora de mi vida académica, laboral, cultural y amorosa, con una única idea en mi cabeza: nadie debe tocar esta mochila. Nadie debe alterar mi vida. Nadie tiene derecho a llevarse esto, por lo que tanto luché. ¿O acaso el pibe de al lado, que mira nerviosamente por la ventanilla cada vez que el colectivo frena, estuvo tres meses intentando conseguir una miserable salida al cine con Lucía? No, señor, me la gané. Si me roba la foto, me la arrebata. Pelee como hombre, no se meta con mi mochila.

* * *

Amenazo, amenazo, lo hago hace tiempo. Le digo que un día voy a subirme al colectivo y la voy a llamar desde la puerta de la casa (sé la altura, no el piso) y me va a tener que abrir y voy a conocer a su gato. Me voy a tomar 3 antihistamínicos primero, pero no, no lo voy a hacer. Quiero decir que no voy a ir. Los antihistamínicos los tomo igual. Sos alérgico a mí, me dice triste. Le digo que soy alérgico a todo lo que me hace bien. Sonríe. Si lo hago, si voy, me pasa de todo en el bondi. El problema es que es un bondi nuevo. No me jode la zona, el barrio, el recorrido. Si un día de semana me mandé de prepo a las tres de la mañana para José C. Paz, esto no puede ser peor, no hay chance. Es el hecho de esperar en una esquina en la que nunca esperé, subir a un colectivo de colores desconocidos y decir unoveinticinco y esperar que sea como todos los colectivos. Mirá si, por equivocación, me subo a un diferencial (¿tendrá línea diferencial?). Mirá si intento usar la tarjeta electrónica y justo ese no tiene y el loco, el colectivero, me mira como diciendo pebete, ¿vos pensabas usar eso acá? Monedas, pibe, monedas. Después me tengo que bancar el viaje que, al menos en este caso, es tranqui porque sigue casi por la misma calle y sé a qué altura bajarme, más o menos. Pero voy a mirar mucho por la ventana y la gente va a saber que nunca lo tomé y me voy a bajar y voy a prenderme un pucho como si supiera dónde estoy parado pero no lo sé, ¿cómo saberlo? Si es la primera vez que voy. Pero no quiero que se me disculpe por ser la primera vez, no quiero que sepan que es la primera vez. Quiero ser un camaleón y que no pase nada fuera de lo normal (o, más bien, fuera de lo anormal porque lo normal no existe en mi existencia) hasta llegar a aquella puerta y pegarle un llamado. Que atienda de una, copate, reírme al escuchar su voz y decir esteee... adiviná dónde estoy y, acto seguido, pedirle perdón. Una y otra vez perdón y pensar que capaz debería haberme vestido mejor para conocer a la abuela. O vestirme más como adulto y decir que me llamo Roberto. Algún nombre imponente. O ir así nomás y esperar que no sea de esas que hacen preguntas. Pensar que ya no tengo piercings, solo tatuajes que no se ven. Pensar que no tengo que mentir, no demasiado. ¿Tengo 25 años? O sea, los tengo, sí, pero ¿está bien tenerlos? ¿Debería ser más grande? Tampoco es que hay tanta diferencia, pero capaz no está bien que su nieta tenga un amigo de 25. Creo que no está bien que su nieta tenga novio y amigos. Capaz se explica si digo que soy un compañero de la facu (en algún momento lo fui). Sería una mentira, si no blanca, al menos gris.

Anoto todo esto porque es un impulso ir y pienso que, capaz, si lo escribo se me van las ganas de ir y hacerlo. Pero creo que voy a seguir teniendo ganas. Le tiré la onda, medio en serio, medio en chiste, como suelen ser varias cosas que digo y que no sé si quiero decir. Aunque las quiero decir, pero quiero que me respondan sin tener que preguntar nada. Leeme la cabeza y decime que sí, dejame sin entender porque estoy harto de saber todo, de tener todo esto en la cabeza. Harto de que me cuentes que le estás acariciando la pancita a tu gato. ¿Y yo? Yo también quiero cariño. No hablás de él, no, pero seguro que le rascás la espalda y dejás que duerma con vos. No, ya no estamos hablando del gato. Le tiré la onda de ir, visitarla, y le cambié de tema. Si no hace mención a eso, si no me dice no vengas puedo excusarme con aquel conocido el que avisa no traiciona y mandarme. Pero si dice algo, lo que sea, me voy a acobardar y no lo voy a hacer. O capaz me animo y me subo al bondi y me siento estúpido -más que pebete, un salame, diría el colectivero- y le mando un mensaje de texto antes de llegar, diciéndole que estoy en el bondi y entonces nunca le llega (porque ha pasado, la telefonía celular no es confiable) o le llega y no le cae bien o justo no está en la casa y entonces llego y me siento en la puerta (si es que hay un escaloncito o algo para sentarse) y espero y espero y espero hasta que veo que viene a lo lejos con una bolsa por algo que tuvo que salir a comprar y me ve y yo tiro el pucho en la vereda, me levanto para pisarlo (carajo, yo apunté a la calle, al asfalto, al charquito del desagüe) y me tropiezo y me mira sin entender qué hago ahí y yo le doy una flor, no un ramo porque es muy cursi y en realidad tampoco pensaba llevarle una flor porque son contadas las veces que regalé flores en mi vida y tal vez lo haría si supiera cuál es su favorita y en otra situación en la que no parezca que la flor pide perdón por mí. No pensaba llevarle una flor, pero la chica de la esquina las vendía y me preguntó la hora y entonces le hablé y me terminó convenciendo de que le compre una flor a mi abuela (le dije que la iba a visitar, entré al barrio nuevo y ya empecé a mentir). Yo me tropiezo mientras intento apagar el pucho y ella ve aquella flor solitaria en mi mano izquierda y me mira aún sin entender y pregunta por qué tengo una flor. No qué hago ahí, acá. La flor es más importante, la flor domina la conversación, la imagen, la pantalla y la página manchada. La flor lo es todo. Es mucho más raro que haya una flor a que haya un yo, un no-Roberto. De última, di un pseudo aviso que no quiso ser aviso sino un bueno, yo te lo dije antes, che, si no me prestaste atención..., una excusa. Pero de la flor no hubo aviso ni excusa ni mención ni se notaba en mi sonrisa del otro día que iba a tener ganas de hacerlo en el futuro cercano porque venía preguntando hace tiempo si podía conocer su casa y a su gato. Hace tiempo que hablamos de ir al cine, a librerías, a caminar y tomar unos mates en la plaza. Hace tiempo que ladramos sin mordernos porque ella ya tiene a uno con correa. No hablamos del gato, no.

Me mira y pregunta si ese es el regalo para ella y recuerdo que tenía algo esperándola en casa y se lo dije para que se enoje. Le dije que había visto algo y pensé en ella y lo compré y no le iba a decir qué es, iba a tener que esperar y listo. Se lo dije para que viniera a mi casa, para que me invitara a la suya, para que no falte tanto para vernos de nuevo. Me río y le digo que no, que es una flor, nada más. ¿Para mí? Creo que sí. Sí, es para vos, sí. Claro que es para vos. O sea, no era para nadie, no fue pensada -por mí- para vos, pero capaz alguien pensó que era para vos porque efectivamente la estás recibiendo vos y yo no se la daría a nadie más. No es que no es para vos porque se la quiero dar a otra. ¿Esta flor? ¿Para vos? ¡JA! Ya quisieras. No, no es así. Es que yo decidí que, si tiene que ser para alguien, es tuya, pero nunca pensé que iba a ser para nadie o siquiera que iba a ser. Pero ya que es y ya que es mía, yo quiero que sea tuya.

Y llueve. Me olvidé de esa parte, claro que llueve. Empezó apenas me bajé del colectivo, mientras recorría calles extrañas y oscuras. Así que no entiendo por qué quise apagar el pucho con la suela de mi zapatilla derecha, porque no hacía falta apagarlo, se mojó cuando tocó el piso, se ahogó. Cuento esto porque ahora vos me decís Llueve, pasá, como si no fueras a dejarme entrar si no estuviese lloviendo, así que creo que es importante decir que llueve. No esperás mi respuesta y yo no pensaba darla. Sí, paso porque llueve, pero iba a querer pasar aunque no lloviera, aunque no pudiera. Paso porque dejás que pase, porque llueve, porque ya no amenazo.

Tenemos mucho de que hablar, pero lo primero que sale de mi boca es la descripción de aquel joven en el colectivo, el 132, con esa mochila -se veía pesada- entre las piernas y una mirada, de esas que matan, dirigida a cualquiera que se atreviera a tocarla, a mirarla. Hablo de la mochila, claro. Su gato me lame el codo, ella mira por la ventana y anuncia que dejó de llover. Es cierto, no llueve más.

Pero ya me dejó entrar.

5 de diciembre de 2011

El aparato social empieza a escribir un cuento en julio (y no sabe si está terminado aún)

Sabor a yerba y tabaco. Olor a pasto recién cortado, a lluvia.

-¿Pablo?

El hombre se dirige a mí, su paraguas rojo desentona con el sobretodo oscuro -negro, o gris, pero ahora empapado-.

-Pablito, ¡sos vos! ¿Qué hacés acá?

-Vivo acá -respondo con naturalidad, aunque sorprendido por la pregunta.

Miro a mi alrededor, estudio el contexto, y me doy cuenta de que tengo las zapatillas sumergidas en un charco, el cigarrillo está apagado -quién sabe cuándo lo habré prendido- y algunas gotas de agua de lluvia atacan a mi ojo derecho.

Tengo el tabique torcido, funciona cual cartel de desvío.

-No, chabón, ¿qué hacés en la puerta? Entrá, ¿no ves que llueve?

Eso explicaría el olor a lluvia.

-Estoy esperando a la policía, Marcos.

-... No me digas que te robaron de nuevo. La mala suerte te persigue, loco. Estás meado por los rinocerontes.

Marcos era mi vecino. Es mi ex-vecino ahora. Nos vemos por la calle, nos saludamos, pero no ocupamos un lugar en la vida del otro. Si tenemos tiempo, paramos un segundo y le preguntamos al otro cómo anda el laburo, la familia. Cosas triviales, de esas que se hablan entre exes.

-No entraron a robar, hay seguridad acá.

Marcos se siente atacado. Mira para arriba y se choca con el paraguas rojo. Marcos ha sido atacado.

-Bueno, bueno, ya sé cómo sos, hacela corta. ¿Por qué va a venir la policía?

-Necesito una constancia para hacer el cambio de domicilio. No vinieron ayer, espero que vengan hoy.

Marcos ha sido atacado y mi presencia lo irrita. Sin embargo, acá está, enfrente de mí, bajo la lluvia, hipnotizado por la imagen que le devuelve este espejo fallado. Marcos se siente atacado porque él es él y yo soy yo. Porque no puede hacer nada para ser más él ni obligarme a ser menos yo.

-Ah, pero vos sos un infradotado. ¿Pensás que van a venir con este día de mierda? ¿Un sábado? ¿Y por qué no esperás adentro?

Marcos ha sido atacado verbalmente y no ha podido responder con violencia. Marcos me usa para descargar su ira, actividad recreativa usual entre exes.

(El dilema del 'ex' usado como un sustantivo. Un objeto. Me tomaré la libertad de usarlo de esa forma. De usarnos en plural. Lo haré en bastardilla para evitar conflictos.)

Marcos sabe de conflictos.

-No me anda bien el portero. ¿Inés anda bien?

Marcos se siente atacado por mi gran poder de asociación libre.

-Bien, bien... Cae agua en tu mate, ¿no pensás hacer nada al respecto?

(Todo pasado -recreativo y/o formativo- debe volverse anecdótico.)

-Me gusta así.

-Te gusta así -ríe con soberbia-. Te gusta que le caiga agua fría de lluvia a tu mate en una mañana de invierno.

Marcos me va a cagar a trompadas.

-Sabor a yerba, tabaco y lluvia. Olor a pasto recién cortado -digo sin mirarlo mientras prendo otro cigarrillo-. Inés me recomendó esta marca. Está buena. Mandale un beso.

El paraguas de Marcos se siente atacado. Absorbe el odio, se vuelve pesado. Lo obliga a cambiar de mano.

-¿Qué dijiste?

-Que está buena esta marca y que le mandes un beso a Inés. Tu novia.

Marcos tiene nudillos, como suelen tener los humanos. Marcos sabe cómo usarlos. Una mano se concentra en asfixiar al paraguas, que ya no es rojo, se está poniendo violeta. La otra tiembla, quiere actuar. Marcos se siente atacado y no emite sonido alguno.

-¿Cómo van las cosas en la oficina? -cambio de tema mientras apoyo el mate en la vereda y dejo que se llene de agua, solo para irritarlo.

Marcos no responde, no le gusta hablar de laburo. Somos ex-vecinos que estaban comunicados por un baño. Marcos es torpe, tira todo cuando quiere agarrar su cepillo de dientes. La caída sobre la losa que solía despertarme cada mañana. Yo, callado. Él se quejaba desde el otro lado de la pared cada vez que se me daba por cantar en la ducha.

-Creo que tenés razón. No va a venir la policía hoy. Mandale un beso a Inés, si podés.

-Qué divertido sos, te salió una rima sin esfuerzo -gruñe.

-Verso, Marcos, verso -me incorporo-. Sin esfuerzo, el verso.

Marcos tiene nudillos y sabe cómo usarlos. Mi estatura le recuerda que yo también.

9 de noviembre de 2011

El aparato social juega con la letra "A"


A, de Agostina.

Entré al bar, no había empezado el recital, salí para fumar. En esa época, se podía fumar en bares (o se podía más que ahora) pero estaba fresco afuera. Antiguas Lunas se llamaba el lugar. Salí y me senté en un escaloncito. O ella estaba sentada ahí. O yo me senté y ella se sentó, no al lado pero cerca, era el mismo escalón. No era un escalón, disculpen, no formaba parte de ninguna escalera. ¿Vieron esa elevación que separa a algunos locales de la vereda? Era eso y yo estaba sentada ahí. Ella vino y se sentó al lado, digamos que fue así. Nunca escribí esta historia, pero quise hacerlo. Fue en marzo o abril de 2009, ya pasaron más de dos años. Debería revisitar el cuaderno que utilizaba en esa época, así tendría la fecha exacta. No, todavía no me había acostumbrado a fechar mis escritos. Mala Babs del Pasado, mala.

Ella estaba sentada cerca cuando me pidió fuego. Yo me levanté de mi lugar -o ya estaba parada, pero me moví- y me acerqué a ella. Le di el encendedor, hablamos de música. No de géneros, de música. De lo que te hace sentir la música, de lo linda que es y lo bueno que es que exista. En la pantalla del bar, que podíamos ver a través de la ventana, pasaban un video solista de Cerati. Le dije que odio a Cerati, es simplemente demasiado Cerati. Como que él sabe que lo es y se abusa de eso. Coincidimos en que estaba todo más que bien con Soda Stereo, pero no tanto con Cerati. Me contó que cantaba en una banda de jazz -creo que era jazz, sé que no era el tipo de banda que yo solía ver- y yo le dije que escribía. En algún momento, se presentó como Agostina. Yo le dije mi nombre y la frase "mucho gusto", a la vez que extendía mi mano hacia ella. Le di la mano y ella sonrió/se río ante el gesto. ¿Quién saluda dando la mano? Creo que las dos nos preguntamos lo mismo, pero me hizo el favor de no decirlo en voz alta. Su (son)risa y mi vergüenza hablaban de aquel elefante en la habitación, no hacía falta pronunciar la condena social. Le pregunté si había venido sola y me dijo que estaba esperando a alguien. Le dije "nos vemos adentro" y me fui.

(Yo había ido a ver a Bárbara Barale. Lo recuerdo muy bien porque había visto stencils por la calle con su nombre y me caía simpática la aliteración. También lo recuerdo porque compartimos un primer nombre y la fui a saludar después del recital, le comenté que había visto su nombre cerca de la Bond en varias paredes. Condena social, Bar, condena social por ser tan aparato. Funciono, no sé cómo pero me las arreglo y funciono. Soy un aparato social funcional. No sé quién cantó antes, sonaba muy bien. Creo que era una chica con una guitarra, nada más. Anoté algunas frases en el cuaderno que mencioné antes. Sueño con dejar de pensar y... Algo así anoté, algo así cantaba.)

Me senté en una mesa pensada para cuatro personas, seis si se aprovechan las puntas. Me sentí un poco incómoda, pero necesitaba apoyar mi cuaderno en algún lado. Agostina entró al bar y me hizo señas, le sonreí. Venía acompañada por un muchacho que no se mostraba muy feliz conmigo. Él me odió instantáneamente. No le gustó que usara pantalones, camisa y saco. No le gustó ni un poco. Su actitud me dio ganas de ser simpática, con ella y con él por igual. No me iba a rebajar a su nivel. Si soy honesta, debo admitir que no quería que se sentaran conmigo. Había ido al bar a escribir y escuchar música.
 
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